Fe En El Misterio
Enero es cuesta arriba: necesitamos ponerle primera al motor de la vida.
Quiero hoy referirme a los creyentes-¿en vías de extinción?-, debido a la prevalencia, en muchos, de los presente, lo temporal y pasajero, y del número creciente de aquellos que ponen toda su atención sólo en el pan de cada día.
Quiero ayudar a los creyentes a vivir su bella vida, su vida de fe con sentido, con alegría, con valor. Dado que la relación con Dios es una relación es una relación con alguien escondido, desconocido e infinitamente mayor que nosotros, se requieren mucha fe y mucho valor para vivir este misterio.
Llamo misterio a la seriedad de la vida, a la profundidad de la realidad, a ese “más allá”, que está “más acá”, presente en todas las cosas y, sobre todo, en lo profundo de nuestra conciencia, allí donde deja de ser ella misma y pasa a ser el fondo de ella, el abismo sin fondo y sin límite personal, supra personal, de frente a cual comienza y se desliza nuestra vida diaria, desde el seno materno hasta el horizonte sin horizonte de nuestro yo, el subsuelo abismal donde habita el Oro desconocido y escondido, a quien llamamos con el pobre nombre de Dios, el que ES, el que Vive sin comienzo y sin fin; el que es plenitud de sentido, de amor y de ser, que nos precede y acompaña, el que espera nuestra respuesta de entrega total, que llamamos FE; es decir, vivir el misterio, la grandeza que se nos entrega en una relación desigual, de la Nada al Todo; es la invitación a crecer, a empezar, continuar profundizar un proceso de divinización, de purificación, de diálogo oscuro en el que el Todo invita a la criatura a morir para pasar a ser y crecer indefinidamente en el contacto con el Todo. ¡Qué belleza, qué realidad, que misterio!.
Volvamos atrás: dado que esta relación con Dios es una relación con alguien escondido, infinitamente mayor que nosotros, y desconocido, se requieren mucha fe y mucho valor para vivir este misterio.
La vida de fe no es fácil: es un encuentro con alguien que no veo, que me pone en período de prueba, de purificación y preparación para lo definitivo; es una relación que requiere un idioma muy especial que llamamos fe, pero no una fe intelectual, sino una fe dialogal, relación interpersonal, ¡oh prodigio!, de tú a tú, con Dios, de la criatura con el Creador, de la Nada con el Todo, una relación con el fundamento de mi existencia, del cual depende mi suerte definitiva, mi permanencia eterna en ese “más allá”, presente e interior a mi conciencia, que me invita a crecer en él, saliendo de mi egoísmo y pasando a su amor.
Parte de un artículo publicado en el periódico El tiempo de fecha 29 de enero 2012
Por Alfonso Llano Escobar
S.Jcenalbe@javeriana.edu.co